Decisiones

Los riesgos —tanto en ciberseguridad como en la vida— no son otra cosa que la aceptación de algo incómodo, que es que vivimos en una incertidumbre estructural y, aun así, tenemos que decidir y responsabilizarnos de lo que decidimos.

Lo cierto es que el riesgo es una forma moderna de nombrar a una vieja pregunta, ¿cómo vivir sabiendo que el mundo es frágil, que el conocimiento es incompleto y que, a veces, incluso haciendo “todo bien”, lo improbable puede arrasarlo todo?.

Y el resultado de partir de esa fragilidad nos obliga a revisar una de nuestras creencias más persistentes, la del control, pues el control absoluto es una ilusión y, paradójicamente, cuanto más se intenta cerrar un sistema, más sofisticada se vuelve la forma en que el desorden logra entrar.

Mientras en lo digital esto se ve con claridad en cómo los atacantes explotan justo aquello que no encaja en los modelos —la cadena de suministro, el factor humano, las interdependencias globales—, en la vida cotidiana ocurre algo similar, pues la búsqueda obsesiva de una seguridad ficticia termina creando nuevas ansiedades y dependencias que nos vuelven, en realidad, más vulnerables.

Esta tensión entre lo que creemos controlar y lo que realmente controlamos se manifiesta de forma extrema cuando aparece el “cisne negro” y la verdad es que, más que una simple anomalía estadística, funciona como una metáfora epistemológica que nos señala el límite de lo que sabemos y de lo que somos capaces de anticipar.

Creemos conocer el mundo porque lo que observamos se repite, pero lo raro y lo extremo —una vulnerabilidad masiva, una caída global de servicios, un flechazo— irrumpe sin aviso y deja al descubierto que la estabilidad descansaba sobre supuestos frágiles.

Desde esta perspectiva, el cisne negro no solo cuestiona nuestras previsiones, sino también nuestra relación con los modelos, pues la realidad siempre es más grande que cualquier marco que construyamos para explicarla, y confundir el mapa —el análisis de riesgo, el framework, la métrica— con el territorio es una forma de hybris moderna.

Cuando esa ceguera se traduce en fallo, es decir, cuando nos hemos pasado de frenada o no hemos calculado bien, nos damos cuenta de que ese error de juicio pasa a traducirse a una cuestión de responsabilidad puesto que, ¿somos culpables por no prever lo imprevisible, o por haber decidido vivir y gestionar como si lo imprevisible no existiera?

Pero la responsabilidad no implica vivir en un estado permanente de culpa o ansiedad, pues también hay un lugar para la tranquilidad cuando todo nos sacude, y es que si hemos hecho todo lo razonablemente posible —si hemos pensado, diseñado y decidido con honestidad—, incluso el golpe se ve de otra forma. No elimina el impacto —es cierto—, pero cambia la manera en que lo atravesamos al saber que ya no es fruto de la negligencia, sino del límite inevitable de lo humano.

Y con todo y con eso, la posición madura no está en ninguno de los extremos, si no en aceptar que siempre habrá errores de cálculo, trabajar para reducirlos y, sobre todo, diseñar estructuras que resistan mejor cuando esos errores se revelen. No se trata de eliminar el riesgo, sino de asumirlo con mayor valentía, lucidez y sin pánico.

Por eso, la pregunta final no es cómo evitar el riesgo, sino qué merece la pena arriesgar, pues aspirar a una existencia sin sobresaltos es tan irreal como estéril, de forma que el reto, en última instancia, no es eliminar la incertidumbre, sino darle forma, decidir conscientemente qué estamos dispuestos a poner en juego, qué no, y qué tipo de personas queremos ser frente a un mundo que nunca dejará de ser incierto.